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Naturaleza Salvaje, de Ramón Chirinos. Una llamarada de bermellón y naranja se apodera del cuadrante superior derecho, suspendida contra un andamiaje sobrio de grises, blancos quebrados y planos rectilíneos.

Ramón Chirinos

Naturaleza Salvaje

Año
2016
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
110 × 130 cm
Estado
Disponible
Paleta
rojo bermellón, naranja cadmio, blanco cálido, negro carbón, gris medio
Trazo
Empastes densos aplicados con espátula junto a veladuras líquidas, incisiones lineales directas sobre la materia y planos lisos de acrílico.

Análisis curatorial

Una llamarada de bermellón y naranja se apodera del cuadrante superior derecho, suspendida contra un andamiaje sobrio de grises, blancos quebrados y planos rectilíneos. No se trata de un mero estallido caótico; la vehemencia de la mancha convive de inmediato con una estructura geométrica contenida, casi arquitectónica, que asoma en los bordes y sostiene el peso del desborde. La superficie plantea un choque frontal entre disciplina constructiva y desgarro pulsional, donde la intensidad cromática parece pugnar por romper los límites del plano que la resguarda.

Hacia el centro y descendiendo en una diagonal vertiginosa, la densidad de la pintura se fragmenta en esquirlas de negro profundo, sombras térreas y trazos caligráficos veloces. Aparecen incisiones que hienden la materia húmeda, raspados que desentierran capas subyacentes y diminutos acentos puntuales que sugieren núcleos orgánicos o tensiones celulares. En esta zona nuclear, el acrílico despliega toda su versatilidad: películas ligeras y veladuras se cruzan con empastes carnosos aplicados con espátula, generando una topografía accidentada cuya textura refracta la luz con aspereza y dinamismo. Hay aquí una evocación botánica y animal, como plumas, tendones o follaje sacudido por una fuerza centrífuga incontrolable, aunque el gesto rehúsa en todo momento ceder a la figuración explícita.

Ese contraste entre los campos apacibles de la periferia y el torbellino visceral del núcleo define la tensión de la obra. Naturaleza Salvaje sitúa su discurso no en el registro de un paisaje externo reconocible, sino en la pulsión elemental de una energía viva que se resiste a ser enclaustrada en la cuadrícula. La masa incandescente queda congelada justo antes de consumir la frialdad de los grises, entregando al espectador la vibración de una combustión en permanente suspenso.

Naturaleza Salvaje

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