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Flores Secas, de Ramón Chirinos. El rojo absoluto, tajante y expansivo, gobierna el primer impacto visual.

Ramón Chirinos

Flores Secas

Año
2015
Técnica
Técnica Mixta
Medidas
150 × 150 cm
Estado
Disponible
Paleta
rojo bermellón, naranja fuego, gris perla, negro carbón, blanco yeso
Trazo
Campos lisos de color plano en contrapunto con empastes densos, raspados y grafismos lineales.

Análisis curatorial

El rojo absoluto, tajante y expansivo, gobierna el primer impacto visual. No actúa como un mero fondo pasivo, sino como una estructura activa dividida en planos angulares de bermellón, escarlata y naranja que presionan desde los márgenes hacia el núcleo. En medio de esta tensión cromática estalla una masa fracturada de grises, blancos y carbones, un cuerpo denso y sedimentado que parece resistir la radiación del entorno o haber colapsado bajo su propio peso.

El formato cuadrado de metro y medio por lado intensifica el enfrentamiento entre dos órdenes visuales opuestos. Por un lado, las líneas rectas, las áreas lisas de color y los cortes precisos imponen una lógica geométrica implacable; por el otro, el centro se desborda en un torbellino orgánico de raspados, veladuras y acumulaciones matéricas. Varias incisiones lineales, en especial esa aguda diagonal blanca que atraviesa verticalmente el cuadrante inferior, funcionan como tensores que sostienen el conglomerado en vilo, impidiendo que la masa se desintegre o abandone el lienzo.

Sobre la superficie, la materia pictórica revela una notable complejidad táctil. Hay zonas donde el pigmento se adelgaza hasta volverse gasa transparente, permitiendo entrever estratos previos, mientras que en otros puntos se aglutina en grumos densos, costras y grafismos oscuros que evocan la fragilidad quebradiza de la materia marchita. Es precisamente allí donde el título cobra sentido: la noción de flores secas no se ilustra mediante una mímesis botánica, sino a través de la textura deshidratada del residuo vegetal, de lo que fue savia y ahora es polvo mineralizado y corteza.

Aquello que alguna vez tuvo una existencia blanda y efímera queda fijado aquí como un monumento petrificado. La tensión irresuelta entre la calidez viva del perímetro y la sequedad cenicienta del centro convierte la pintura en el registro de una transformación irreversible, donde la memoria del follaje sobrevive retenida en la solidez de la forma pictórica.

Flores Secas

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