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Locura de Verano, de Sidhartta Mejía. Una incandescencia desmedida ocupa el centro del plano y empuja la mirada hacia los extremos oscuros del lienzo, como quien entrecierra los ojos ante un resplandor repentino.

Sidhartta Mejía

Locura de Verano

Año
2016
Técnica
Acrílico Epóxico
Medidas
130 × 160 cm
Estado
Disponible
Paleta
amarillo dorado, naranja calido, negro carbon, azul ceruleo agrisado, verde oliva
Trazo
Empastes atomizados, salpicaduras y capas suspendidas en resina con brillo vítreo y relieve matérico.

Análisis curatorial

Una incandescencia desmedida ocupa el centro del plano y empuja la mirada hacia los extremos oscuros del lienzo, como quien entrecierra los ojos ante un resplandor repentino. En este gran formato de un metro treinta por un metro sesenta, la vegetación deja de ser un motivo contemplativo para convertirse en un estallido sensorial. Todo vibra en una acumulación de manchas doradas, ocres encendidos y naranjas que parecen arder desde adentro, sostenidos apenas por sombras profundas que bordean los márgenes superior e inferior.

La resina epóxica combinada con el acrílico le otorga a la materia una densidad casi vítrea, donde los pigmentos parecen flotar en estratos superpuestos en vez de descansar sobre un soporte plano. No hay líneas de contorno ni dibujo previo visible; la estructura se sostiene mediante una textura atomizada de toques cortos, frotados y salpicaduras que generan una masa vegetal impenetrable. Es en ese aparente desorden táctil donde se revela el ritmo: una diagonal encendida que cruza la franja media baja y un ascenso de ramajes sugeridos que trepan hacia un follaje denso, tamizando una luz cenital que se niega a disolverse.

Frente a la marea cálida que domina el cuadro, pequeñas filtraciones de azul celeste, turquesa pálido y violetas apagados actúan como respiraderos ópticos, impidiendo que el ojo quede atrapado en el arrebato térmico. Esa tensión entre la frescura química de los azules y la combustión de los amarillos le da a la pieza su pulso característico. La escena no describe un bosque específico, sino el instante vertiginoso en que la canícula desfigura el entorno, transformando la naturaleza en una experiencia puramente lumínica y febril donde el paisaje se desborda sobre quien lo observa.

Locura de Verano

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