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Curioseando, de Carlos Tapia. Una mirada inquisitiva gobierna el encuadre.
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Carlos Tapia

CurioseandoVendida

Año
2015
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
130 × 130 cm
Estado
Vendida
Paleta
terracota, amarillo mostaza, verde lima, azul cerúleo, rosa palo, berenjena
Trazo
Empastes puntillistas densos sobre planos lisos delimitados por contornos lineales oscuros

Análisis curatorial

Una mirada inquisitiva gobierna el encuadre. Desde la penumbra de un vano doméstico, tres felinos acechan o descubren el exterior a través de los pliegues de una pesada cortina, estableciendo un juego frontal con quien observa el cuadro. El ojo no encuentra reposo en un único foco: la pupila esmeralda del gato esbelto a la derecha compite con los dos rostros que se asoman furtivos por el costado opuesto, mientras una cola suspendida rompe el alféizar hacia el plano inferior y otra dibuja un latigazo horizontal hacia el costado.

El espacio se articula mediante una rigurosa compartimentación cromática. La arquitectura del muro, resuelta como un ensamblaje de maderas o paneles sintéticos claveteados, despliega una cuadrícula de amarillos ácidos, verdes limas, rosas y violetas delimitados por líneas firmes. Esta vibración plana y luminosa contrasta bruscamente con la profundidad del vano central, donde los azules cerúleos y los morados oscuros actúan como una caja teatral que comprime la acción.

En el centro, el cortinaje opera como el verdadero núcleo táctil del lienzo. A diferencia de las superficies homogéneas de los tablones perimetrales, la tela cae saturada de materia: regueros de pigmento rojo y ocre reciben constelaciones de puntos turquesa en relieve, otorgándole una corporeidad casi orgánica, casi de corteza o piel suspendida de aros dorados. La luz no obedece a un foco natural, sino a la intensidad intrínseca de cada pasta, generando una atmósfera donde lo cotidiano se transmuta en enigma lúdico.

Esa oscilación entre el adentro y el afuera cuestiona la jerarquía de la visión. Al convertir la ventana en un límite permeable donde los animales espían al espectador con la misma suspicacia con que son descubiertos, la escena diluye la frontera entre vigilar y ser contemplado, transformando un gesto puramente instintivo en una ingeniosa reflexión sobre la curiosidad.

Curioseando

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