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Sala Morisca Díptico, de Carlos Tapia. Un estallido de color puro y firmes contornos negros organiza este interior suntuoso, donde la fantasía orientalista se transforma en un escenario lúdico y vibrante.
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Carlos Tapia

Sala Morisca Díptico

Año
2007
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
160 × 100 cm
Estado
Disponible
Paleta
amarillo cromo, rosa magenta, verde azulado, azul cobalto, violeta
Trazo
Planos cromáticos saturados delimitados por contornos negros gruesos y pinceladas rítmicas visibles.

Análisis curatorial

Un estallido de color puro y firmes contornos negros organiza este interior suntuoso, donde la fantasía orientalista se transforma en un escenario lúdico y vibrante. La cesura vertical del díptico divide físicamente la tela, pero el espacio pictórico no se fractura; al contrario, se enlaza mediante el ritmo quebrado de la alfombra en zigzag y la amplia corona del arco polilobulado en la parte superior. La pintura acrílica se asienta en campos planos y densos, recurriendo a una saturación desinhibida donde amarillos solares, rosas encendidos, verdes esmeralda y azules ultramar conviven en constante fricción óptica.

La perspectiva renuncia conscientemente a la profundidad volumétrica para aplanar la estancia en una sucesión de patrones decorativos. El plano del suelo asciende hacia el primer término sin mediación atmosférica, mientras la celosía del fondo, armada con geometrías de corte mudéjar, clausura cualquier fuga exterior y confina la mirada dentro de esta atmósfera privada. Los objetos (el espejo de marco ondulado que refleja visiones fragmentadas, la jarra esbelta sobre el pedestal torneado, los cortinajes recogidos y la pecera esférica al extremo derecho) construyen un abigarramiento gozoso, donde la línea negra actúa como red que sujeta la exuberancia del color.

En medio de semejante despliegue ornamental, dos felinos de miradas magnéticas y anatomías estilizadas asumen el dominio del lugar. A la izquierda, un gato lila permanece sentado con porte hierático sobre una butaca carmesí, vigilando al espectador con ojos almendrados; a la derecha, sobre el diván turco, otro felino de tono durazno se despereza en un escorzo que cruza horizontalmente el segundo panel. Más que simples motivos anecdóticos, estas figuras introducen un contrapunto de calma y sensualidad frente al dinamismo de las tramas gráficas, consolidando la sala como un refugio donde la opulencia decorativa cede su protagonismo al silencio y a la soberanía del reposo doméstico.

Sala Morisca Díptico

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