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Ver, Oir y Callar, de Carlos Tapia. El fondo verde ácido detona un choque óptico inmediato contra las siluetas ardientes de los tres felinos.
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Carlos Tapia

Ver, Oir y Callar

Año
2024
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
60 × 80 cm
Estado
Disponible
Paleta
verde ácido, naranja bermellón, magenta, azul violeta, amarillo cadmio
Trazo
Pinceladas directas y saturadas con empastes ligeros, veladuras cromáticas y contornos negros de trazo gráfico continuo.

Análisis curatorial

El fondo verde ácido detona un choque óptico inmediato contra las siluetas ardientes de los tres felinos. Frente a la sobriedad alegórica tradicional de los tres monos sabios, el lienzo reformula el proverbio mediante una iconografía electrizante, cargada de humor corrosivo y desasosiego. Cada figura, construida con empastes vibrantes de carmín, naranja y violeta, asume un mandato sensorial truncado: una extremidad ajena interviene para anular la mirada, las garras centrales aprisionan las orejas ante el estruendo circundante, y el último espécimen aprieta sus patas sobre el hocico para sellar su testimonio.

En la franja superior flotan, desprendidos de los cuerpos, los órganos de la percepción convertidos en emblemas casi votivos. Un ojo insomne con un iris hipnótico y estriado, una oreja perforada por una argolla metálica y unos labios carnosos atravesados por puntadas toscas y una aguja suspendida dialogan verticalmente con cada personaje. Esta duplicación fragmentaria quiebra el registro lúdico para deslizar una reflexión sobre los mecanismos de la censura, la sobrestimulación y la complicidad ante lo que se atestigua. El ojo vigilante que todo lo registra contrasta de manera elocuente con la costura que sofoca la voz.

La factura pictórica se sostiene en líneas negras de acento gráfico que delimitan campos de color puro, mientras en los torsos conviven gradaciones cálidas y veladuras frías de gran dinamismo matérico. La frontalidad rotunda de las figuras y la mirada atónita de los gatos, desorbitada y lúcida, anulan cualquier complacencia decorativa. No existe refugio en la supuesta inocencia del felino doméstico; la violencia soterrada de la boca cosida y la estridencia cromática convierten el espacio en una advertencia lúcida sobre la vigilancia social y la renuncia forzada a la palabra.

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