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Mio Dijo el Gato, de Carlos Tapia. Un ángulo picado y vertiginoso transforma una sala señorial en un tapiz plano y desbordante de ritmos.
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Carlos Tapia

Mio Dijo el Gato

Año
2005
Técnica
Serigrafía
Medidas
60 × 50 cm
Estado
Disponible
Paleta
azul cobalto, naranja terracota, verde hoja, amarillo, carmesí
Trazo
Tintas planas aplicadas en capas uniformes con perfiles nítidos y sin modulaciones tonales.

Análisis curatorial

Un ángulo picado y vertiginoso transforma una sala señorial en un tapiz plano y desbordante de ritmos. En la cúspide de este orden doméstico, un gato siamés de ojos azul cobalto descansa sobre el respaldo de una butaca estampada con hojas verdes, observando al espectador con la certeza del amo indiscutible. Su postura sinuosa equilibra la tensión espacial de un salón donde el suelo parece elevarse como una pared vertical.

La escena prescinde de la perspectiva clásica para organizar los objetos mediante yuxtaposiciones cromáticas de notable audacia. En torno a la alfombra central, bordeada por arabescos ocres y amarillos, dialogan piezas de mobiliario con identidades visuales autónomas. A la derecha, un sillón de franjas onduladas en carmín, amarillo y verde esmeralda impone su vibración gráfica; a la izquierda, una silla de respaldo curvo sostiene un libro abierto que insinúa una presencia humana recién desvanecida. En el centro, una vajilla de té en terracota naranja flota sobre una mesa redonda de azul profundo, ajena a cualquier gravedad física.

En el fondo, una arcada iluminada con tonos cálidos devela un corredor profundo por el que transita una misteriosa silueta felina de color verde, funcionando como un eco intrigante del animal principal. La serigrafía resuelve estas transiciones espaciales mediante campos de color uniforme y contornos definidos con precisión milimétrica. La tinta, depositada en capas opacas y limpias, anula los degradados de sombra naturalista y convierte la luz en una cualidad inherente a la saturación de los pigmentos.

Bajo el reclamo posesivo que anuncia su título, el espacio queda suspendido entre la calidez del confort cotidiano y una inquietante teatralidad visual. Cada superficie estampada, desde el damero azul del piso hasta el cuenco con frutas verdes en la esquina inferior, rinde tributo a un reinado doméstico donde las leyes de la geometría quedan supeditadas al capricho y al reposo del animal.

Mio Dijo el Gato

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