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El Arbol de la Vida, de Carlos Tapia. Un cielo turquesa, plano e implacable, sostiene una maraña vegetal donde la savia parece arder en tonos magenta, escarlata y lila.
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Carlos Tapia

El Arbol de la Vida

Año
2014
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
133 × 127 cm
Estado
Disponible
Paleta
turquesa, carmesí, verde lima, naranja teja, magenta apagado
Trazo
Empaste acrílico uniforme delimitado por gruesos contornos negros continuos y planos cromáticos saturados.

Análisis curatorial

Un cielo turquesa, plano e implacable, sostiene una maraña vegetal donde la savia parece arder en tonos magenta, escarlata y lila. En esta reinterpretación telúrica del mito primordial, el tronco macizo anclado al flanco derecho proyecta una red de ramas serpenteantes que colonizan el plano pictórico hasta desbordarlo. No hay horizonte ni fuga espacial; el espacio se comprime hacia la superficie, obligando al espectador a confrontar una densidad selvática que palpita con vida autónoma.

La fauna que habita este árbol no responde a una taxonomía zoológica, sino a un bestiario onírico y vigilante. Felinos de miradas fosforescentes se deslizan entre el follaje con posturas elásticas, mientras lechuzas, tucanes y pequeñas aves de plumaje encendido comparten las ramas con frutos esféricos que penden como ofrendas. Una sinuosa criatura de cuerpo anillado y tonalidades violáceas desciende enroscándose en la corteza hasta fundirse con las raíces y el pasto inferior, entrelazando el reino de las copas con la tierra fértil. Cada ser ocupa su nicho con una fijeza desconcertante: todos los ojos convergen hacia el exterior, interpelando a quien observa en un coro silencioso de miradas.

El trazo negro, rotundo y gráfico, compartimenta los campos cromáticos con una disciplina casi de vidriera, aislando los verdes ácidos de las hojas y la calidez térrea de las figuras. La luz no procede de una fuente externa ni proyecta sombras naturalistas, sino que brota de la fricción óptica entre complementarios puros, donde el azul verdoso del fondo hace vibrar las nervaduras carmesíes y los amarillos limpios. Más que un paisaje bucólico, la escena articula una cosmogonía donde la naturaleza se percibe como una conciencia única, exuberante y tensa, atrapada en una perpetua vigilia compartida.

El Arbol de la Vida

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