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Los Campos Ven y los Arboles Oyen, de Carlos Tapia. Un proverbio bajomedieval advertía que los bosques tienen orejas y los campos ojos.
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Carlos Tapia

Los Campos Ven y los Arboles Oyen

Año
2018
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
130 × 130 cm
Estado
Disponible
Paleta
magenta, amarillo cadmio, azul cerúleo, violeta profundo, rosa carne
Trazo
Pincelada plana delimitada por contornos gráficos, combinada con detallismo fino en las córneas e iris.

Análisis curatorial

Un proverbio bajomedieval advertía que los bosques tienen orejas y los campos ojos. En este lienzo de gran formato, esa sentencia ancestral se despoja de su tono de cautela para desplegarse como una celebración exuberante de la percepción total. Una marea de ojos humanos de iris disímiles, pupilas dilatadas y párpados ondulantes sustituye la tierra firme, plegándose en colinas estratificadas que van del amarillo cadmio y el ocre al violeta nocturno y los tonos de piel. En vez de sostener la vegetación de forma inerte, el suelo entero observa, multiplicando la mirada del espectador en decenas de direcciones simultáneas.

Frente a esta topografía óptica, los árboles se alzan con una fisonomía tan inquietante como festiva. Sus troncos y ramajes, encendidos en una vibración de magentas y fucsias eléctricos, prescinden de la corteza habitual para engendrar orejas carnosas que brotan de las ramas como frutos o excrecencias vivas. Uno de estos pabellones auditivos exhibe incluso un arete pendular, deslizando una nota de humor doméstico en medio de la metamorfosis orgánica. Hacia la izquierda, un pequeño gato blanco reposa sobre una rama con displicencia, sirviendo de contrapunto íntimo ante la vorágine sensorial circundante.

La superficie se articula a través de contornos negros sinuosos y planos cromáticos definidos que dialogan con el lenguaje del cómic y la psicodelia, aunque la ejecución se detiene con esmero en el brillo húmedo y el detalle de cada córnea. La luminosidad no procede de una fuente externa: nace de la fricción entre el azul limpio del cielo y la estridencia de las colinas. Al eludir cualquier atmósfera opresiva y optar por un colorido radiante, la pintura subvierte la paranoia del panóptico para insinuar un panteísmo lúdico, donde la naturaleza deja de ser un objeto pasivo de contemplación y se proclama testigo consciente de nuestra presencia.

Los Campos Ven y los Arboles Oyen

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