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Noche y Día, de Carlos Tapia. Un sol incandescente y una luna llena con cráteres texturados custodian los extremos opuestos de un horizonte monumental, suspendidos bajo una misma bóveda celeste.
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Carlos Tapia

Noche y Día

Año
2019
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
145 × 346 cm
Colección
Glitter
Estado
Disponible
Paleta
azul cerúleo, amarillo oro, bermellón, naranja, fucsia
Trazo
Campos planos y saturados delimitados por contornos negros de trazo firme, combinados con zonas texturadas y veladuras en los astros.

Análisis curatorial

Un sol incandescente y una luna llena con cráteres texturados custodian los extremos opuestos de un horizonte monumental, suspendidos bajo una misma bóveda celeste. En casi tres metros y medio de extensión horizontal, el lienzo anula la sucesión cronológica para hacer convivir el mediodía y la medianoche en una sola visión urbana, donde la arquitectura pierde su rigidez mineral y se pliega con una vitalidad elástica.

A la izquierda, frontispicios clásicos y columnatas dóricas se doblan rítmicamente mientras un felino blanco recorre una balaustrada dorada. Hacia el centro y la derecha, la escena asciende en una profusión de agujas estilizadas, cúpulas nervadas y chimeneas fabriles que evocan resonancias modernistas y catedralicias. Cada edificio se encuentra densamente compartimentado por gruesas líneas negras que recuerdan la lógica del vitral, organizando campos cromáticos puros donde conviven fucsias encendidos, bermellones, turquesas y amarillos solares. Dentro de esta cuadrícula fragmentaria emergen grafías enigmáticas: un pez vertical atrapado en un pilar, manos sin cuerpo, ojos abiertos que vigilan desde los muros y estelas ascendentes que culminan en constelaciones flotantes.

La materia pictórica trabaja de dos maneras opuestas. Mientras los planos arquitectónicos se resuelven con la nitidez gráfica del acrílico, terso y saturado, los dos astros reciben un tratamiento matérico y atmosférico, con halos difuminados que irradian luz sobre el azul dominante del cielo. Esa tensión entre la planitud decorativa y el resplandor cósmico dota a la superficie de una vibración constante.

Más que un paisaje reconocible, este friso propone una cartografía onírica donde la urbe respira como un organismo entero. La coexistencia del día y la noche convierte la escena en un templo secular de la fantasía, donde el tiempo queda detenido en una fiesta perpetua de formas, memoria constructiva y color desbordado.

Noche y Día

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