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El Circo de Don Rafa, de Carlos Tapia. El formato marcadamente panorámico impone una lectura cinética, como si la tela funcionara como una pista circular desplegada ante la mirada.
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Carlos Tapia

El Circo de Don RafaVendida

Año
2013
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
93 × 262 cm
Estado
Vendida
Paleta
rosa carmín, verde manzana, azul cerúleo, amarillo cromo, hueso
Trazo
Empastes fluidos delineados con trazo gráfico negro y contornos sinuosos de saturación pura.

Análisis curatorial

El formato marcadamente panorámico impone una lectura cinética, como si la tela funcionara como una pista circular desplegada ante la mirada. En el centro de gravedad visual, suspendido boca abajo de un trapecio, un felino siamés de ojos desorbitados domina la altura con una elasticidad inverosímil, convirtiendo la bóveda en un torbellino donde la gravedad pierde todo peso. Hacia los flancos, la acción se diversifica en tensiones contrapuestas: a la izquierda, una multitud de rostros felinos atesta graderías concéntricas bajo un racimo de globos, mientras un equilibrista de cuerpo estirado cruza el vacío sosteniendo una diminuta sombrilla; a la derecha, acróbatas flotantes y siluetas arrojadas al aire orbitan sobre un estallido cromático de pétalos o reflectores.

El espacio no responde a la perspectiva atmosférica sino a una geometría lúdica, organizada mediante franjas curvadas y discos radiantes en tonos puros que recuerdan la carpa tradicional y la euforia festiva. Las líneas negras modulan los cuerpos con una soltura casi gráfica, otorgando contorno firme a pigmentos vibrantes aplicados con frescura. La materia se distribuye en planos amplios que contrastan con pinceladas más densas y gestuales en el pelaje de los protagonistas, donde amarillos, ocres y rosas aportan relieve táctil a la fauna teatral.

Bajo el pretexto festivo de la arena circense, la pieza propone una alegoría del descontrol regocijado y de la mirada compartida. No hay aquí distancia entre escenario y butaca: los espectadores, con miradas tan atentas y cómplices como las de quienes vuelan, son también parte indivisible del acto. En ese cruce de equilibrios imposibles y ojos desmesurados, el espacio circense deviene un territorio de asombro perpetuo donde el riesgo acrobático queda disuelto por el humor y el dinamismo del color.

El Circo de Don Rafa

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