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Reflejos al atardecer, de Sidhartta Mejía. Un claro de luz incandescente fractura la penumbra desde el centro exacto del lienzo, organizando el espacio como un umbral vegetal que se abre a una emanación solar.

Sidhartta Mejía

Reflejos al atardecerVendida

Año
2014
Técnica
Acrílico Epóxico
Medidas
130 × 160 cm
Estado
Vendida
Paleta
verde petróleo, amarillo ámbar, rojo bermellón, verde esmeralda, pardo rojizo
Trazo
Punteado y frotado matérico suspendido bajo veladuras de resina, con filamentos y goteos lineales.

Análisis curatorial

Un claro de luz incandescente fractura la penumbra desde el centro exacto del lienzo, organizando el espacio como un umbral vegetal que se abre a una emanación solar. La mirada entra en la superficie atraída por ese núcleo amarillo y ocre, una fulgoración que parece expandirse hacia afuera y devorar gradualmente las masas circundantes de verde esmeralda y azul petróleo. En lugar de ofrecer un horizonte convencional, el espacio se curva sobre sí mismo, asemejando una cueva botánica o una espesura donde el follaje superior desciende para encontrarse con un estrato inferior en combustión cromática.

El uso del acrílico combinado con resina epóxica es decisivo en la construcción física del cuadro. La resina aporta una profundidad óptica vítrea que suspende los pigmentos en capas sucesivas, permitiendo que la luz no solo rebote sobre la tela, sino que penetre y se refracte en su interior. Hacia los bordes superiores, filamentos finísimos de pintura rojiza descienden como lianas o goteos controlados, tensando la verticalidad frente al estarcido denso y punteado que conforma las copas de los árboles y la maleza baja. Esta yuxtaposición entre el trazo filamentoso y la masa rugosa dota a la materia de una respiración orgánica.

Los tonos cálidos (bermellón, carmín, azafrán) actúan como brasas que sostienen la escena desde la base, reverberando contra la frialdad de las sombras vegetales que flanquean los extremos. Hay una ambivalencia deliberada entre la calma del atardecer insinuada en el título y la vehemencia casi ígnea de los empastes: el paisaje no está quieto, sino que arde en su última hora de luz visible. La pintura trasciende el registro naturalista para convertirse en una experiencia inmersiva, donde la naturaleza se percibe no como un escenario contemplado desde la distancia, sino como una fuerza envolvente, densa y en perpetua mutación.

Reflejos al atardecer

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