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Torbellino, de Carlos Tapia. Un punto de fuga vertiginoso atrapa la mirada desde el asfalto y la dispara hacia el cenit.
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Carlos Tapia

TorbellinoConsultar disponibilidad

Año
2011
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
133 × 99 cm
Estado
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Paleta
azul cerúleo, ocre, rosa magenta, violeta, verde brillante
Trazo
Campos cromáticos planos y saturados delimitados por contornos negros gruesos, con pincelada circular y visible en el remolino central.

Análisis curatorial

Un punto de fuga vertiginoso atrapa la mirada desde el asfalto y la dispara hacia el cenit. Los rascacielos no se limitan a elevarse; se comban, se inclinan y convergen en un cerco que casi clausura la atmósfera, dejando apenas una claraboya circular donde el cielo se arremolina como un torbellino azul y blanco. Carlos Tapia desarticula la ortogonalidad severa de la metrópoli contemporánea para convertirla en un anfiteatro en espiral, donde cada fachada adquiere una fisonomía elástica y vibrante.

Esa distorsión óptica, emparentada con el lente de ojo de pez, encuentra contrapeso en un dibujo implacable. Cada bloque, ventanal y arista está confinado por líneas negras gruesas que fragmentan la arquitectura en facetas autónomas, como si la urbe hubiese sido reconstruida con las teselas de una vidriera. En ese vitral profano, los planos se saturan de ocres, magentas, violetas, naranjas y verdes encendidos que colisionan sin jerarquías sombrías, generando una pulsión rítmica que empuja la vista a recorrer el perímetro antes de precipitarla hacia el vacío superior.

Sobre el lienzo, la materia juega a dos velocidades complementarias. En las edificaciones predomina el color plano y homogéneo, aplicado con una precisión gráfica que refuerza los contrastes tonales y la luminosidad de cada celda geométrica. En el corazón superior del cuadro, en cambio, el acrílico adquiere un gesto circular y corpóreo: el azul del firmamento no reposa, sino que gira en ondas concéntricas de factura más suelta, delatando el movimiento del pincel en torno a un ojo de tormenta que atrae toda la estructura.

La contradicción entre la arquitectura disciplinada por el trazo negro y la fuerza centrípeta del vacío dota a la escena de una vitalidad lúdica. En lugar de sugerir la opresión o el encierro del hacinamiento urbano, el conjunto celebra un vértigo jubilante, una fiesta cromática en la que los edificios parecen inclinarse no para caer, sino para asomarse al vórtice celeste. Es una urbe animada, donde la densidad del hormigón se diluye en pura luz y movimiento.

Torbellino

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