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El ojo del Huracán, de Carlos Tapia. Un contrapicado vertiginoso sitúa la mirada en el fondo de un cañón urbano descomunal, donde la arquitectura pierde todo aplomo estático para precipitarse hacia las alturas con violencia visual.
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Carlos Tapia

El ojo del Huracán

Año
2010
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
150 × 134 cm
Estado
Disponible
Paleta
negro carbón, celeste, naranja teja, amarillo cromo, azul cobalto, gris cemento
Trazo
Planos lisos con bordes recortados y definidos, en contraste con empastes texturados y gestuales en la zona superior.

Análisis curatorial

Un contrapicado vertiginoso sitúa la mirada en el fondo de un cañón urbano descomunal, donde la arquitectura pierde todo aplomo estático para precipitarse hacia las alturas con violencia visual. Las torres, agujas y fachadas convergen de manera implacable hacia una pequeña apertura circular en el cenit, arrastrando la perspectiva en una espiral que transmuta la metrópoli en un embudo gravitacional. En este ascenso forzado coexisten lenguajes constructivos dispares: una cúpula de perfil clásico con su tambor y linterna comparte la fuga visual con retículas metálicas de ingeniería moderna, chapiteles estilizados y un imponente mástil central anillado en naranja que perfora el plano como un dardo telescópico.

La superficie pictórica se articula mediante planos rigurosamente delimitados de color puro, donde la sobriedad arquitectónica del gris cemento, el grafito y las sombras en negro absoluto colisiona con estallidos cromáticos desinhibidos. Franjas de amarillo intenso, violetas densos, bermellones y azules cobalto quiebran los bloques corporativos, dotando a los muros y vanos de una vibración casi caleidoscópica. Esta geometría de bordes tajantes y líneas de fuga extremadamente tensadas encuentra su único contrapunto táctil en la corona de nubes que rodea el vano superior. En esa franja, la pincelada abandona la planitud para volverse matérica y convulsa, acumulando empastes blancos y cenicientos que recrean la turbulencia del aire alrededor de un claro celeste.

La energía que sostiene la composición desdibuja la frontera entre la ascensión monumental y la absorción destructiva. La urbe no se desmorona hacia el suelo, sino que parece aspirada por ese vórtice central, transformando la pesadez inerte del hormigón y del vidrio en una masa elástica sometida a un centrifugado perpetuo. Quien contempla la tela queda fijado en el punto de mayor desamparo, en la base misma del torbellino, experimentando un vértigo físico que convierte la arquitectura moderna en un organismo acelerado, tan fascinante como amenazante.

El ojo del Huracán

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