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No vaya a ser que se rompa el hechizo y nada sea verdad, de Maricel Alvarado Orozco. Un azul cobalto rotundo sostiene la presencia totémica de esta figura, erguida sobre una estructura de hierro que apenas la roza en los flancos.

Maricel Alvarado Orozco

No vaya a ser que se rompa el hechizo y nada sea verdadConsultar disponibilidad

Año
2012
Técnica
Vitrofusión
Medidas
53 × 15 × 12 cm
Estado
Consultar disponibilidad
Paleta
azul cobalto, azul índigo, ocre pálido, negro carbón, azul cerúleo
Trazo
Inclusiones de esmaltes y frita granular entre capas de vidrio fundido con zonas translúcidas.

Análisis curatorial

Un azul cobalto rotundo sostiene la presencia totémica de esta figura, erguida sobre una estructura de hierro que apenas la roza en los flancos. La forma esbelta, de cabeza bifurcada como un tocado alado o una media luna, evoca de inmediato un ídolo arcaico, suspendido entre lo antropomorfo y lo ceremonial. Hay en su postura frontal una quietud imperturbable que se desdobla cuando la luz natural atraviesa la masa vítrea, revelando la cartografía interna de sus densidades, diminutas burbujas de aire y filamentos minerales suspendidos en la fusión.

En el pecho, o quizás en el centro mismo del vientre, una espiral oscura de frita granulada gira sobre sí misma en un torbellino concéntrico. Este vórtice gráfico contrasta de manera tajante con la extremidad que cruza el cuerpo: un brazo solitario de tono terroso y textura porosa, resuelto con una mano abierta de dedos finos que parece contener o resguardar ese núcleo giratorio. Debajo, un trazo en media luna y una línea vertical que desciende hacia la base sintetizan con enorme economía visual la hendidura pélvica y el eje de las extremidades inferiores. La asimetría del brazo quiebra la rigidez del monolito y le infunde un ademán de cuidado íntimo, casi protector.

La vitrofusión opera aquí como una metáfora tangible de la fragilidad que nombra el título. El vidrio encarna a la vez la solidez de un talismán y la inminencia de la fractura, recordando que la persistencia del encantamiento depende de una tregua delicada entre la materia pesada y el vacío. La figura se ofrece como un receptáculo de misterio contenido, donde el color profundo absorbe la mirada y la devuelve cargada de un silencio suspendido, como si cualquier roce excesivo pudiera desvanecer la verdad que custodia.

No vaya a ser que se rompa el hechizo y nada sea verdad

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