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Infinito, de Maricel Alvarado Orozco. El vidrio deja de ser un plano estático para transformarse en un cuerpo ascendente que negocia permanentemente con la luz.

Maricel Alvarado Orozco

InfinitoConsultar disponibilidad

Año
2016
Técnica
Vitrofusión
Medidas
42 × 36 × 18 cm
Estado
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Paleta
blanco hielo, gris plata, humo, antracita
Trazo
Láminas de vidrio modeladas en calor con burbujas internas y bordes biselados traslúcidos.

Análisis curatorial

El vidrio deja de ser un plano estático para transformarse en un cuerpo ascendente que negocia permanentemente con la luz. Levantada sobre una base rectangular salpicada de microburbujas, la estructura se despliega en una sucesión de planos transparentes que se curvan y superponen, multiplicando las reflexiones internas a medida que ganan altura.

Esa superposición no satura el espacio, sino que densifica la materia. Donde las placas convergen, el espesor óptico genera un núcleo lechoso, casi mineral, que retiene la mirada antes de dispersarla hacia los extremos superiores. En la coronación, el vidrio se bifurca en decenas de puntas libres que se abren como una ramificación orgánica o el despliegue congelado de un fluido en plena dispersión. Hay un contrapunto evidente entre la rigidez técnica inherente a la vitrofusión y la sensación de flexibilidad botánica que transmiten los cortes sinuosos.

Las incontables inclusiones de aire atrapadas en el interior de cada lámina funcionan como una cartografía celular. Al recibir iluminación frontal o cenital, esas partículas capturan destellos puntuales que contrastan con los cantos pulidos y límpidos de las curvas. La tridimensionalidad no se apoya en el volumen opaco, sino en el traslape de perfiles: el ojo recorre la pieza buscando dónde termina una capa y empieza la siguiente, desorientado por refracciones continuas que varían con cualquier desplazamiento del espectador.

Lejos de agotarse en su evidente alusión a un fuste arbóreo o a una emanación geológica, la escultura propone una reflexión sobre la permanencia de lo ingrávido. Al fijar el movimiento de una llamarada o un chorro ascendente en un material frío y quebradizo, la tensión central descansa en esa paradoja: la petrificación luminosa de un instante que parece seguir brotando.

Infinito

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