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El Espiritu del Ave, de Sidhartta Mejía. Un resplandor dorado y ardiente envuelve la mirada de inmediato.

Sidhartta Mejía

El Espiritu del AveVendida

Año
2006
Técnica
Acrílico Epóxico
Medidas
129 × 174 cm
Estado
Vendida
Paleta
naranja tostado, ámbar, amarillo dorado, tierra siena, malva agrisado
Trazo
Capas translúcidas superpuestas de resina y acrílico con salpicaduras menudas y trazos filiformes en vertical.

Análisis curatorial

Un resplandor dorado y ardiente envuelve la mirada de inmediato. Antes de distinguir troncos o matorrales, el cuadro se manifiesta como una atmósfera encendida en ocres, ámbares y cadmios, donde la luz parece brotar no desde el fondo del paisaje, sino desde el corazón mismo de la materia. Frente a sus dimensiones monumentales, el espectador queda inmerso en una espesura vegetal que no busca imitar la geografía de un bosque específico, sino capturar la sensación térmica y envolvente de un santuario natural.

El soporte acrílico epóxico otorga a la superficie una profundidad acuosa y vítrea muy particular. Entre capas translúcidas superpuestas conviven salpicaduras diminutas, veladuras densas y finísimos trazos caligráficos que ascienden con nerviosismo vertical. Estas líneas oscuras, que apenas insinúan tallos, ramas desnudas o cañas, funcionan como una celosía orgánica. A través de este enrejado natural se filtra un fulgor central que disuelve los contornos firmes, dejando que el plano medio vibre en una oscilación continua entre la figuración del sotobosque y la pura disolución lumínica.

En la franja inferior, la masa de materia se asienta sobre tonos tierra, pardos y notas insospechadas de malva y violeta apagado. Esta base húmeda y umbría sostiene el peso visual del cuadro e impide que el fuego de la mitad superior se desborde sin contención, generando una tensión armónica entre el arraigo del suelo y la ascensión vaporosa de la copa.

El título convoca una presencia que elude la representación literal. Ninguna figura alada se perfila de manera explícita en el lienzo; el ave parece haberse transfigurado en puro aleteo atmosférico. Su espíritu habita en la dispersión del polen luminoso, en el temblor de las ramas quebradizas y en ese vacío resplandeciente del centro, como si la criatura acabara de levantar el vuelo un instante antes de que el ojo humano pudiera fijarla.

El Espiritu del Ave

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