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Mujer con rebozo sentada, de Francisco Zúñiga. El volumen se asienta en la base con la contundencia de un monolito.

Francisco Zúñiga

Mujer con rebozo sentadaVendida

Año
1966
Técnica
Escultura en Bronce
Medidas
39,7 × 33 × 32 cm
Estado
Vendida
Paleta
bronce oscuro, verde cardenillo, verde oliva oscuro, bronce patinado, pardo negruzco
Trazo
Superficie de bronce fundido con modelado orgánico continuo, pliegues envolventes y pátina de oxidación verdosa sobre fondo oscuro.

Análisis curatorial

El volumen se asienta en la base con la contundencia de un monolito. Toda la figura queda contenida en una estructura piramidal rotunda, donde el manto no se limita a cubrir el cuerpo, sino que absorbe su anatomía para convertirla en una masa sellada, compacta y de enorme gravedad. Del bloque de bronce sólo consiguen emerger dos polos vitales: el rostro ensimismado y las plantas de los pies apoyadas en el suelo. El resto es una superficie envolvente que prescinde de extremidades visibles o detalles anecdóticos para afirmar una presencia telúrica, plantada sin peana que medie entre el bronce y la superficie que lo sostiene.

La distribución de las fuerzas descansa en las rodillas flexionadas, que tensan el tejido hacia los flancos y ensanchan la parte inferior hasta dotarla de una estabilidad rotunda. Por el centro, una caída vertical recorre la pieza desde la cúspide de la cabeza hasta la base, estableciendo un eje que divide la masa sin llegar a la simetría rígida. Las ondulaciones del metal generan laderas continuas donde la luz resbala suavemente, mientras que en las hondonadas y los quiebres más profundos la sombra se espesa. Esta alternancia lumínica se intensifica gracias a la pátina, cuyo fondo pardo y cobrizo deja aflorar veladuras verdosas y reflejos apagados, acentuando la cualidad táctil del modelado y la sensación de materia sedimentada por el tiempo.

Bajo la bóveda que forma la capucha, las facciones del rostro permanecen serenas, con los párpados semicerrados y la boca sellada en un mutismo que rechaza cualquier ademán declamatorio. No hay angustia ni reclamo en su actitud, sino un recogimiento que concentra toda la tensión dramática hacia adentro. Los pies descalzos, firmes y ligeramente modelados en la base, refuerzan esa proximidad inmediata con el suelo, como si el propio personaje brotara de la materia que lo resguarda. A pesar de sus dimensiones moderadas, la pieza impone una escala monumental: un refugio impenetrable donde la pesadumbre y la dignidad coexisten en un equilibrio inalterable.

Mujer con rebozo sentada

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