Barrio Escalante, San José

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La cascada, de Leonel González. Dos presencias sintéticas, resueltas con la rotundidad caligráfica del negro puro, emergen sobre un fondo en el que la luz parece descender en franjas continuas.
Año
1990
Técnica
Técnica Mixta
Medidas
125 × 102 cm
Estado
Disponible
Paleta
negro carbón, arena, celeste grisáceo, lila cenizo, blanco hueso
Trazo
Fondo matérico con relieve espatulado y rayas apasteladas sobre el que se asientan trazos negros gruesos y caligráficos.

Análisis curatorial

Dos presencias sintéticas, resueltas con la rotundidad caligráfica del negro puro, emergen sobre un fondo en el que la luz parece descender en franjas continuas. La economía gráfica de las figuras es radical: cabezas ovaladas desprovistas de rasgos faciales, brazos que delimitan el torso sin llegar a encerrarlo y extremidades inferiores que se alargan hacia el borde inferior. Al no haber relleno corporal, el interior de estos cuerpos no les pertenece a ellos, sino a la atmósfera que los rodea. El espacio pasa a través de su fisonomía, convirtiéndolos en umbrales antes que en masas sólidas.

El soporte, trabajado en técnica mixta, revela una superficie táctil donde la materia tiene espesor y memoria de espátula. Sobre esa textura rugosa se despliega una cortina rítmica de bandas verticales en tonos pastel, con celestes atenuados, arenas cálidos y lilas cenizos. Esta vibración cromática, contenida y luminosa, justifica la sugerencia del título. Hay una caída rítmica, un fluir constante de franjas que remite al velo móvil de un torrente de agua o a la refracción luminosa que se genera al atravesarlo.

Entre ambos personajes se establece un diálogo silencioso gobernado por sutiles asimetrías. Mientras la figura de la izquierda permanece erguida y frontal, la de la derecha inclina apenas su cabeza, introduciendo una cadencia de escucha o proximidad que humaniza de inmediato el rigor del pictograma. La distancia milimétrica entre los trazos negros que delimitan sus brazos genera una tensión contenida, la posibilidad de un roce que nunca llega a consumarse. González suspende a estos dos seres en un estado de contemplación compartida, donde la pesadez del trazo negro queda paradójicamente aligerada por el agua o la luz que no cesa de caer a sus espaldas.

La cascada

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