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Ensueño #2, de Philipp Anaskin. Una mujer yace en reposo, suspendida entre la vigilia y el abandono corporal, sobre una estructura que se confunde con una mesa de trabajo o un diván.

Philipp Anaskin

Ensueño #2Consultar disponibilidad

Año
2024
Técnica
Óleo/Tela
Medidas
150 × 140 cm
Estado
Consultar disponibilidad
Paleta
terracota, verde menta, negro carbón, gris lavanda, ocre encarnado
Trazo
Mancha directa y planos facetados con pincelada densa y bordes recortados

Análisis curatorial

Una mujer yace en reposo, suspendida entre la vigilia y el abandono corporal, sobre una estructura que se confunde con una mesa de trabajo o un diván. Su figura, construida mediante encarnaciones cobrizas y sombras cortadas con firmeza, articula el punto de anclaje de un espacio donde las jerarquías entre interior y exterior quedan abolidas. Alrededor de su descanso se despliegan objetos íntimos: velas encendidas, papeles dispersos, una taza y una tetera, configurando un bodegón inmediato y doméstico que contrasta con la monumentalidad del fondo.

Ese telón vegetal que ocupa dos tercios del lienzo despliega hojas gigantescas de loto y nenúfares tratados no como paisaje lejano, sino como un plano decorativo o una alucinación botánica que presiona hacia adelante. Los verdes agrisados, mentas y púrpuras sordos de estas formas acuáticas se estructuran en cortes angulares, casi geométricos, que recuerdan tanto al empapelado de una estancia como a la intrusión física de un estanque en la recámara. Hay una compresión notable de la perspectiva: el plano vertical de la vegetación y el plano horizontal del mobiliario colisionan sin transición de fuga, obligando a la mirada a recorrer la superficie en saltos de masa y color.

La materia pictórica trabaja esa tensión entre calma y densidad. El óleo se deposita en campos francos, con empastes que definen aristas nítidas sin recurrir al difuminado tradicional, permitiendo que la carne conserve una vibración casi escultórica. El fulgor diminuto de las llamas blancas en las velas introduce una temporalidad lenta, nocturna, que choca con la luminosidad plana y diurna de las hojas.

Este cruce hace del cuadro un espacio mental. Más que describir una escena doméstica, el lienzo formaliza el estado de ensueño como una invasión de la memoria o del deseo sobre el entorno inmediato, donde la intimidad del cuerpo tendido termina devorada pacíficamente por la exuberancia vegetal.

Ensueño #2

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