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Niguenta, de Guillermo Conte. Una figura infantil y pétrea, semejante a un putto de jardín o al fragmento salvado de una escultura clásica, emerge en el centro del espacio gráfico rodeada de una atmósfera erosionada.
Año
2022
Técnica
Serigrafía
Medidas
60 × 45 cm
Estado
Disponible
Paleta
rosa viejo, ocre mostaza, siena tostada, gris azulado, blanco tiza
Trazo
Superposición de tintas serigráficas con veladuras, estarcidos y raspados de textura pictórica.

Análisis curatorial

Una figura infantil y pétrea, semejante a un putto de jardín o al fragmento salvado de una escultura clásica, emerge en el centro del espacio gráfico rodeada de una atmósfera erosionada. El cuerpo, apenas modelado con contrastes de grises calcáreos y sombras frías, reposa sobre una masa ocre que parece a la vez pedestal terroso y nido de hojas secas. Su quietud contrasta de inmediato con el campo circundante, un entorno que vibra mediante raspaduras, veladuras y chorreados verticales.

El fondo opera como un palimpsesto donde conviven el rosa polvoriento, la siena tostada y filtraciones de un azul pizarra apagado. Aunque la estampa está resuelta mediante serigrafía, la superficie simula la fatiga de un muro a la intemperie o la impronta de una plancha litográfica gastada por el tiempo. Esas líneas verticales que descienden desde el margen superior no solo ordenan el ritmo visual de la hoja; funcionan también como una lluvia sutil o un velo de desgaste que amenaza con borrar la nitidez de la forma.

Hay una deliberada tensión entre la solidez del bulto escultórico y la fragilidad del papel que lo sostiene. El rostro de la criatura, desdibujado y de rasgos apenas sugeridos tras una venda o un mechón pétreo, elude cualquier mirada frontal y repliega la figura sobre sí misma. Esa postura ensimismada confiere a la imagen un carácter espectral, como si contempláramos un vestigio de infancia petrificada que persiste a duras penas en medio del deterioro.

Guillermo Conte convierte aquí la gráfica en un ejercicio de memoria material. El procedimiento serigráfico trasciende la mera reproducción mecánica y aprovecha el registro táctil y superpuesto de las tintas para edificar una densidad atmosférica singular: este ser silencioso queda suspendido en un tiempo impreciso, entre la ruina arqueológica y una extraña ternura doméstica.

Niguenta

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