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Mamá Nina, de Sidhartta Mejía. Una sola mancha de color rotundo quiebra el orden casi espectral del cuadro: el morado hermético de un teléfono móvil adherido a la oreja.

Sidhartta Mejía

Mamá NinaVendida

Año
2013
Técnica
Acrílico Epóxico
Medidas
180 × 120 cm
Estado
Vendida
Paleta
blanco hueso, negro carbón, morado obispo, gris humo
Trazo
Filamentos translúcidos y veladuras lineales en acrílico epóxico que forman redes orgánicas sobre dibujo fino a tinta y plano saturado

Análisis curatorial

Una sola mancha de color rotundo quiebra el orden casi espectral del cuadro: el morado hermético de un teléfono móvil adherido a la oreja. Alrededor de ese objeto cotidiano gravita un rostro de escala monumental, construido con la fragilidad de una osamenta y envuelto en una turbulencia de filamentos oscuros. La mirada, directa y penetrante, suspende la acción en un instante de escucha muda o revelación inminente, reteniendo al espectador en la intimidad de una conversación inaccesible.

El acrílico epóxico despliega aquí un comportamiento insólito sobre el soporte vertical. En lugar de empastes densos o superficies lustrosas uniformes, la materia se estira en gasas ahumadas, hebras finísimas y sedimentos que parecen telarañas tensadas por el viento. Esas líneas viscosas modelan el cabello, descienden por los brazos y desdibujan los contornos del cuerpo, transformando la masa anatómica en una vibración atmosférica. El contraste entre la nitidez casi gráfica de los ojos y la disolución etérea del resto de la figura genera una tensión constante entre presencia y desvanecimiento.

Esa dualidad técnica sostiene el peso poético de la pieza. La mujer no está simplemente posando ni realizando un gesto banal; parece emerger de una bruma psíquica o disolverse en ella mientras la comunicación electrónica actúa como único anclaje al mundo tangible. Las manos, trazadas con líneas angulosas y quebradizas, sujetan el aparato con una urgencia contenida, duplicando el dramatismo de la escena mediante un ritmo nervioso de dedos que apenas rozan el rostro.

La blancura del fondo no actúa como vacío pasivo, sino como una luminosidad clínica que aísla la figura en un espacio sin tiempo. Sidhartta Mejía comprime en este gran formato la paradoja de la hiperconexión contemporánea: la vulnerabilidad descarnada de un sujeto que, aun sosteniendo el lazo técnico con otro, permanece sumido en una soledad sobrecogedora y espectral.

Mamá Nina

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