Barrio Escalante, San José

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Aldea, de Marco A. El ritmo geométrico de las tejas bermejas y la blancura hermética de los muros encalados estructuran este caserío con una devoción limpia, casi matemática.
Año
1989
Técnica
Acrílico/Tela
Medidas
46 × 36 cm
Estado
Disponible
Paleta
teja cocida, blanco encalado, verde bosque, tierra ocre, azul cerúleo claro
Trazo
Pincelada plana y pulcra con empastes delgados, dibujo lineal riguroso en las techumbres y punteado menudo en las frondas floridas.

Análisis curatorial

El ritmo geométrico de las tejas bermejas y la blancura hermética de los muros encalados estructuran este caserío con una devoción limpia, casi matemática. Marco A. prescinde de los rigores de la perspectiva académica para construir el espacio a partir de planos superpuestos y una frontalidad franca, propia de una mirada que privilegia la memoria afectiva del paisaje sobre la convención técnica. En el patio de tierra apisonada, un horno comunitario techado descansa sobre su base de mampostería rústica, estableciendo un contrapunto sólido frente a las viviendas de vanos sombríos que parecen vigilar el espacio abierto.

Una figura femenina, capturada de espaldas con blusa turquesa y falda oscura, introduce una escala íntima y ancla la mirada en el suelo pedregoso. Su paso pausado hacia el interior del poblado convive con dos gallinas que picotean en primer término, instalando una noción de tiempo suspendido donde la faena diaria transcurre sin aspavientos. Tras la empalizada de estacas alineadas con pulcritud de peine, la vegetación estalla en una profusión cromática de pequeños toques: copas encendidas por floraciones lilas, escarlatas y celestes que dinamizan la serenidad terrosa de la mitad inferior.

Hacia el fondo, las colinas ascienden en gradaciones de verde espeso y ondulante, ritmadas por árboles cónicos que guían la mirada hacia un cielo luminoso de dos nubes compactas. La materia pictórica se mantiene dócil y contenida, con empastes delgados que ceden el protagonismo al dibujo minucioso de cada hilada de tejas y al estofado vegetal. Más que describir una geografía específica, la pintura destila una vocación de refugio idílico: un entorno ordenado, silencioso y protegido, donde la arquitectura elemental y la montaña conviven en un equilibrio de serena inocencia.

Aldea

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